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Aborígenes
A la llegada del hombre blanco, el área de Monte León
estaba habitada por los chonque, cazadores-recolectores
que habían desarrollado simples y eficaces técnicas para
sobrevivir en un medio ambiente áspero, pero rico en caza, leña,
agua y reparo. Con la irrupción de la industria ovejera a fines
del s. XIX, desapareció la forma de vida
tradicional de los chonque, cuyas costumbres ya habían
sido modificadas por el contacto con los araucanos de la
Patagonia pacífica y con el hombre blanco.
La Patagonia austral, a pesar de sus crudos inviernos, es
un lugar eminentemente propicio para la vida humana:
abundan el agua, el reparo, la caza y la leña. No es
sorprendente que la ocupación de esta área sea muy
antigua. Existen indicios de la presencia del hombre al
sur del río Santa Cruz desde tiempos neolíticos. Estos
primeros humanos tal vez hayan cazado a la ahora
extinguida fauna del holoceno temprano que incluyó
mamíferos como armadillos y perezosos gigantes, así como
el célebre "tigre de dientes de sable".
Existen restos fósiles de mamíferos gigantes en el área
costera de Monte León, donde también son frecuentes
las herramientas líticas dejadas por distintos grupos
humanos. La constante erosión a la que está sometido el
suelo patagónico hace difícil datar con precisión estos
artefactos, aunque indudablemente muchos de ellos tienen
una antigüedad que los investigadores remontan a por lo
menos 7.000-8000 años.
Una leyenda de los gennaken, una parcialidad indígena
patagónico-pampeana emparentada a los chonque, recogida
por el propio Perito Moreno habla de "el Engassen, gran
animal extraño, cubierto de enorme cáscara muy gruesa,
parecida a la de los armadillos actuales, un gliptodonte
probablemente (...)". El relato sugiere el recuerdo de una
coexistencia de hombre y gliptodonte, o tal vez haya sido
inspirada a los indígenas por el hallazgo de restos
fósiles.
Desde tiempos prehistóricos grupos humanos de distintas
procedencias ocuparon la región sucesiva o
simultáneamente. Es seguro que la inflexible demanda del
medio ambiente, que se mantiene esencialmente sin cambios
desde hace al menos 11.000 años, hizo que estos grupos, en
rasgos generales, terminaran por ser similares en sus
costumbres y modo de vida.
Desde los tiempos de los primeros cazadores-recolectores
hasta el de los últimos indígenas, los chonque, incontables
generaciones recorrieron circuitos perfectamente
delimitadas en la estepa y la costa, asentándose, alojados
en sólido refugio portátil hecho de palos y cueros de guanaco, por breves períodos en lugares donde la caza
abundaba.
En 1520, las naves de Magallanes tocaron tierra en lo que
hoy se llama Puerto San Julián, un habitual paradero
invernal de los aborígenes 120 km al norte de
Monte León. Pigafetta, un tripulante que dejó un
detallado relato del viaje, relata como, cuando los
marinos ya llevaban dos meses en tierra recibieron la
visita de "un hombre de estatura gigantesca. (...) Su
vestido, o mejor dicho, su manto, estaba hecho de pieles
muy bien cosidas de un animal que abunda en este país. (...) Llevaba este hombre también una especie de zapatos
hechos con la misma piel. Tenía en la mano izquierda un
arco corto y macizo, cuya cuerda, algo más gruesa que la
de un laúd, estaba hecha con un intestino del mismo
animal; en la otra mano empuñaba unas cuantas flecha de
caña pequeñas, que por un lado tenían plumas como las
nuestras y por el otro, en lugar de hierro, una punta de
pedernal blanco y negro.
Esta descripción se ajusta en términos generales al
aspecto que mantuvieron los grupos indistintamente
llamados "patagones" o "tehuelches", quienes se llamaron a
sí mismos "chonque": gente, pueblo, ser humano.
"El capitán quiso retener a los dos más jóvenes y mejor
formados para llevarlos con nosotros durante el viaje y
conducirlos después a España", escribe Pigafetta. Y relata
como apresaron a dos de los aborígenes, aherrojándolos con
grillos, que les fueron colocados pretendiendo que fuesen
adornos.
En los aproximadamente 400 años que transcurrieron entre
el primer contacto entre tehuelches y europeos y la
desaparición final de la forma de vida tradicional de los
primeros, los chonque y sus costumbres fueron descriptos
por muchos viajeros, ya que mantuvieron frecuente
intercambio, por lo general amistoso, con los recién
llegados. La expedición de Malaspina, a fines del s.
XVIII, entró en contacto con nativos claramente habituados
al contacto con europeos: "no pudo quedarnos duda"
(escribe Malaspina) "de que el uso del aguardiente ni les era nuevo
ni dejaba de serles agradable". La bebida espirituosa fue principalísimo
ítem entre los que los patagones obtenían
del blanco a cambio de plumas de ñandú, mantas de guanaco
y pieles de distintos animales.
Del mismo modo que en otras partes del globo, la bebida y
sus consecuencias fueron, junto a las nuevas enfermedades
traídas por el hombre blanco, el vector más eficaz para el
debilitamiento y eventual extinción de los aborígenes. Aún
así, es característico que el indígena haya dado al
alcohol un marco espiritual, incorporando libaciones
rituales a sus ceremonias sagradas; sin dejar de lado
apropiadas invocaciones antes de comenzar las borracheras
que se producían simplemente como consecuencia de la
obtención de alcohol por algún trueque invariablemente
abusivo para con los tehuelches.
La lengua chonque parece haberse mantenido a lo largo de
los siglos: el vocabulario recogido por Pigafetta a
comienzos del s. XVI y las recolecciones hechas por Viedma
en el s. XVIII y por el misionero anglicano Teófilo Schmid
en 1862, entre otras, muestran, más allá de los obvios
errores de transcripción, un indudable parentesco. Por
otra parte, la lengua de los haush, u ona del norte de
Tierra del Fuego, tal vez separados de un tronco común en
tiempos en que la isla aún estaba unida a la Patagonia
continental, estaba emparentada a la de los chonque. Todo
esto indica una notable homogeneidad cultural, que debe
haber sobrevivido desde tiempos muy remotos.
Es difícil saber cuántos fueron los tehuelches en un
momento dado. La apreciación de primera mano hecha por el
misionero Teófilo Schmid en 1863 lo lleva a la convicción
de que entre todos los grupos diseminados por el
territorio al sur del río Santa Cruz se llega a un total
de no más de 1.000 personas. Una década después, el inglés
G.C. Musters, quien convivió durante un año con los Patagones del cacique Orkeke en el año 1873, dejando un
pormenorizado relato de la vida de ese grupo en el clásico
"At Home With the Patagonians", habla de 1.500 y afirma
que la bebida y la viruela "están reduciendo notablemente
su número".
La influencia europea sobre la forma de vida de los
patagones se hizo sentir también por un canal indirecto.
Los araucanos, aborígenes de las selvas costeras de la
Patagonia chilena, habían tenido intenso contactos con los
españoles, asentados en lo que hoy es Chile desde
comienzos del s. XVI. En la encarnizada guerra de
resistencia que continuó hasta fines del s. XIX, los
araucanos, más correctamente "mapuches", una vez más un
gentilicio que significa "gente de la tierra", no tardaron
en adoptar el caballo del invasor. Antes de la adopción
generalizada del caballo, los chonque fueron, al decir del
jesuita inglés Thomas Falkner ("Descripción de la
Patagonia", 1774) "entre todas las naciones del mundo la
más caminadora y la que tiene más predisposición a moverse
de un lugar a otro". Falkner dice que, excepcionalmente,
grupos de la Patagonia se llegaban hasta las sierras de
Tandil o las Pampas de Buenos Aires.
Del otro lado de la cordillera, después del fallido primer
intento de población de Buenos Aires a manos de Pedro de
Mendoza en 1536, el puñado de vacas y caballos abandonado
por los españoles en las pampas argentinas se multiplicó
prodigiosamente. Los araucanos, atraídos por esta inmensa
riqueza sin dueño y dueños de la revolucionaria autonomía
de movimiento que les dió el caballo, comenzaron sus
incursiones a lo que hoy es territorio argentino.
Los contactos de los araucanos con los indígenas de la
Patagonia atlántica se multiplicaron en forma de guerra,
comercio, y matrimonios intertribales, tres actividades
íntimamente relacionadas. En 1580, Sarmiento de Gamboa
afirma que los patagones tenían "algunos caballos". Las
descripciones de los patagones posteriores a la segunda
mitad del s. XVIII los representan invariablemente a caballo
y empleando corrientemente mantas tejidas, dos elementos
antes ausentes.
Los últimos chonque que mantenían costumbres
tradicionales, a mediados del s. XX, han sido fotografiados con
"ponchos pampa", "bota de potro" y adornos de plata, todos
éstos elementos de origen araucano. La población de origen
nativo de la Patagonia actual lleva apellidos donde
predominan ampliamente los de origen chileno, vale decir
araucano o según la denominación más corriente hoy, mapuche. Valgan como ejemplo los de algunos pocos de los
centenares de trabajadores rurales que pasaron por la
Estancia Monte León desde su establecimiento: Caucamán Milapichún, Chipailaf, Millapán.
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La
"Campaña del Desierto" (1874) del general argentino
J.A. Roca, había llevado las fronteras de la civilización
hasta el Río Negro, habitualmente considerado la
frontera norte de la Patagonia, y había sido dirigida
primordialmente contra los aborígenes de origen
chileno que mantenían en jaque a la ganadería
argentina. Con su drástico ataque, Roca puso fin
a la a sangrienta coexistencia de conquistadores y conquistados
que había durado casi cuatro siglos de incesantes
guerras y negociaciones.
Los
crueles combates en los que poblaciones indígenas
enteras fueron muertas por el ejército argentino
en el norte de la Patagonia, perdonaron el extremo sur
de la región: en lo que respecta a Santa Cruz,
prevalecía la opinión de que se trataba
de tierras sin valor, un desierto sin interés para
el hombre blanco.
Algunas actividades comerciales del blanco, como la
explotación de lobos de mar, pingüinos y ballenas como
fuente de aceite, y en el caso de los primeros también
cueros, por parte de barcos ingleses, holandeses,
norteamericanos se desarrollaba desde por lo menos
comienzos del s. XVII.
Durante
el s. XIX, Argentina y Chile instalaron sendas Capitanías
en Puerto Santa Cruz, y estuvieron a menudo al borde del
enfrentamiento armado. Misioneros anglicanos, ya establecidos
en Malvinas y Tierra del Fuego, hicieron también
un breve y fallido intento de fundar una Misión
cerca del actual Puerto Santa Cruz. Estas iniciativas
eran de alcance limitado y no contemplaban la ocupación
de los territorios ancestrales de los patagones.
En
1881, un acuerdo en que laudó la Corona Británica
terminó con el litigio argentino-chileno sobre
la Patagoni austal, concediendo los territorios al sur
del río Santa Cruz a la República Argentina.
Una vez definido así el status legal del territorio,
y de la mano de la coincidente expansión global
de la industria de la lana, se multiplicaron las estancias
ovejeras, muchas de ellas de administradas por ingleses
y escoceses y propiedad de Sociedades Anónimas
con sede en Londres, en lo que hasta entonces habían
sido los campos de caza de los patagones. El encuentro
entre una cultura prehistórica y Occidente en plena
expansión debía ser inexorablemente fatal
para la primera.
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En
este país donde se han importado tantos sementales
a precios fabulosos para mejorar la raza caballar, vacuna,
ovina y porcina, hemos dejado perder, con los tehuelches
y los tobas, los más soberbios ejemplares de la
raza humana".
Eduardo
Schiaffino, Revista "Caras y Caretas", 1905
Los
patagones fueron confinados en reservas. Sus paraderos
tradicionales, "Aike" en chonque, eran después
de todo, los puntos privilegiados de la estepa y las riberas,
ricos en agua y pasto. La toponimia de la actual provincia
de Santa Cruz revela la abundancia de estos paraderos,
que los chonque recorrían desde incontables generaciones.
Estos serían ahora de los dueños de las
ovejas.
No
sólo el alcohol, las enfermedades y el confinamiento
en reservas diezmaron a los chonque. El viajero suizo
A.F. Tschiffely, en "This Way Southward", relato de un
viaje por Patagonia en la década de 1930, afirma
que un estanciero le mostró "un juego completo
de montura y riendas hecho con la piel de un indio". Tschiffely
recoge también informaciones sobre periódicas
"cacerías", en que ovejeros británicos disparaban
contra indígenas desde un pequeño barco
a vapor.
El
perito Moreno deja otro testimonio que da una claro adelanto
sobre lo que sería el futuro de los patagones a
manos de las autoridades nacionales. En su obra "Viaje
La Patagonia Austral" (1879), escribe en los siguientes
términos sobre el tehuelche Sam Slick, hijo de
Casimiro y del mismo modo que su padre, intermediario
permanente entre nativos y europeos: "consintió
en que hiciéramos su fotografía, pero de
ninguna manera quiso que midiera su cuerpo y sobre todo
su cabeza. No sé por qué rara preocupación
haría esto, pues más tarde, al volver a
encontrarle(...) le propuse me acompañara y rehusó
diciendo que yo quería su cabeza. Su destino era
ése. Días después de mi partida dirigióse
al Chubut y ahí fue muerto alevosamente por otros
dos indios en una noche de orgía. A mi llegada,
supe de su desgracia, averigüé el paraje en
que había sido inhumado y en una noche de luna
exhumé su cadaver, cuyo esqueleto se conserva en
el Museo Antropológico de Buenos Aires. Sacrilegio
cometido en provecho del estudio osteológico de
los tehuelches".
La
pasión científica de las autoridades alcanzó
cotas similares en el caso de Orkeke, último cacique
de los patagones. Orkeke, nieto de un cacique del mismo
nombre cuya presencia había sido registrada por Viedma en
el s. XVIII, recorría un vasto territorio
de caza que incluía, en el invierno, las tierras
de lo que después se transformaría en la
Estancia Monte León. Fue con su grupo que Musters
hizo su célebre viaje desde la isla Pavón
hasta el Chubut. Orkeke también había sido
comisionado por el gobierno argentino para hacer flamear
la bandera de este país en la Patagonia austral
atlántica, cuya soberanía estaba por esos
años en disputa en disputa con Chile.
En
el invierno de 1883, menos de dos años después
de la firma del acuerdo que concedía Santa Cruz
a la Argentina, Orkeke y lo que quedaba de su tribu, 15
hombres y 37 mujeres y niños,
fueron llevados bajo custodia de tropas comandadas por
el coronel Winter en la bodegas del vapor Villarino a
Buenos Aires. Se trataba de una represalia por el choque,
en el llano de Apeleg, en el Chubut cordillerano, de fuerzas
militares contra un cuerpo combinado de araucanos y tehuelches.
La acción terminó con un oficial y un sargento
muertos, once soldados heridos y ochenta indios muertos.
La
acción de Apeleg fue la última de la serie
con que el general Conrado Villegas, uno de los lugartenientes
de Roca, terminó con el dominio aborigen de la
Patagonia, ya herido de muerte por el avance hasta el
Río Negro. El parte en que Villegas resume esas
acciones afirma: "Puedo asegurar sin temor a ser tachado
de exagerado, que hemos despejado el territorio de la
Patagonia de más de 3.000 seres entre indios de
lanza muertos, prisioneros y chusma presentada (...) Convencido
de la índole desleal y falsa de los indio, resolví,
al efectuar la acción que acabo de terminar, no
dejar indio que no sintiera el poder de la Nación,
sometiéndolos a sus leyes o exterminándolos". Villegas califica en esas líneas a los tehuelches
como "gente de índole mansa y dulce y que por una
fatalidad para ellos se encontraron presionados por (el
cacique mapuche) Sayhueque, en el combate de Apeleg".
En
Buenos Aires, Orkeke y su gente quedaron prisioneros en
el Regimiento 1 de Artillería, "arrancados a sus lares", comenta el diario La Nación al dar la noticia
de la llegada de los aborígenes, "no sabemos todavía
por qué motivo ni con qué justicia". Esa
misma crónica habla de Notini "una india vieja
(...) pero tan patriota que poseía dos banderas
argentinas, las que solía enarbolar en los toldos
en los días de para ellos de fiesta y de jolgorio.
Hoy llora la pérdida de sus dos banderas, 40 caballos,
4 vacas, 5 terneros, alguna plata y muchas libras de pluma
de avestruz, todo lo que asegura que le fue arrebatado
por los soldados invasores en la madrugada en que asaltaron
la toldería".
A
su llegada a Buenos Aires, la tribu de Orkeke fue recibida
como un pintoresco fenómeno y sus movimientos seguidos
casi a diario por los periódicos. El 1 de agosto
llegaban al Riachuelo a bordo del vapor Villarino. El
cacique fue recibido por el Presidente de la Nación,
J.A. Roca, autor de la "Campaña del Desierto".
El 8 de ese mes se ofreció una función de
"Mefistófeles" en honor de los recién llegados
en el Teatro de la Alegría, ocasión en que
los señores Larsen y Lista, este último segundo
gobernador del territorio de Santa Cruz, y autor
de un inteligente y combativo alegato sobre la extinción
de los tehuelches, dieron una breve conferencia sobre
los prisioneros en el entreacto.
Tres
días después, se celebró para Orkeke
y los suyos un banquete de doce cubiertos en el Café
de París con la presencia del Ministro plenipotenciario
de España Durán y Cuerbo, y una vez más,
Larsen y Lista. La ocasión incluyó la lectura
por parte de su autor, señor Cominges, de un largo
poema dedicado al cacique. La semana siguiente se ofreció
a los tehuelches una función de patinaje en el
Skating Rink.
El
6 de septiembre, el diario La Nación informa de
la internación de Orkeke en el Hospital Militar,
presa de una pulmonía. En la misma noticia se da
cuenta de que "Valeska, la pitonisa de la tribu, entregó
hace pocos días su alma al Creador, vícitima
de la nostalgia. No podía olvidar sus lares de
la fría Patagonia". El 14 de ese mes, el diario
informa de la muerte de Orkeke y agrega que "el cadáver
fue disecado por los practicantes del hospital militar".
La
secuencia termina el 20 de septiembre: "Los restos
de Orkeke. A fines del mes corriente podrá
verse el esqueleto del cacique Orkeke, preparado convenientemente.
"Después
de haber sido descarnado en el Hospital Militar colocáronse
los diversos fragmentos del cuerpo en un gran tacho de
agua y cal, para hacer desaparecer las pequeñas
cantidades de carne que habían quedado adheridas
a los huesos.
"Terminada
que sea la disección del cuerpo del cacique, se
procederá a armar el esqueleto. Ha llamado la atención
de los encargados de disecar el cuerpo de Orkeke la enormidad
del cráneo y el espesor del hueso frontal.
"Las
canillas y los brazos son de dimensiones poco comunes.
"El
esqueleto de Orkeke será conservado por ahora en
el Hospital Militar".
La
historia del destino final de la tribu de Orkeke y las
citas del diario "La Nación" están tomadas
de "Iconografía Aborigen III, la tribu del cacique
Ólkelkkenk", por Milcíades Alejo Vignati,
Revista del Museo de La Plata, 1946.
Hombres
como Lista y Moreno convivieron a menudo con los aborígenes
y supieron conocerlos y comprenderlos. No se les escapó
la importancia de la cruel tragedia en la que tomaban
parte, y denunciaron reiteradamente la masacre de tribus
indefensas, aunque el primer encuentro de Lista con
los Ona fueguinos dejó 28 aborígenes muertos,
y el exterminio incruento del alcohol y las enfermedades.
Pero nunca pusieron en duda lo deseable de la "civilización".
En ese entonces, era indiscutido el dogma positivista
de que el "progreso" era un proceso intrínsecamente
deseable para todos.
Los
chonque no murieron todos: trabajaron como peones en las
estancias, otros como baquianos para las fuerzas gubernamentales
argentinas. Mauricio Braun, el gran pionero patagónico,
cuya empresa "La Anónima", que se formó
al asociarse con su suegro José Menéndez
en 1908, fue única propietaria de la estancia Monte
León a partir de 1920, afirmó en su autobiografía
que los peones tehuelches eran "mansos y útiles".
Melancólica recomendación para un pueblo de cazadores. La
lengua y algunas costumbres chonque aún se mantenían
vivas, en medio de la miseria y la
aculturación habituales en las reservas de
aborígenes
de cualquier punto del planeta, hasta la segunda mitad
del s. XX.
Desafiando
la explícita prohibición de gobierno y misioneros,
se celebraba clandestinamente el ritual más importante
de los chonque: el de la "casa bonita". Esta celebración
comunitaria festejaba la entrada a la pubertad de las
muchachas. Para esta ocasión, se hacía un
toldo de materiales completamente nuevos, cosiéndose
las pieles necesarias para formarlos. La muchacha se escondía
en el toldo, mientras en el exterior, adornado con lanzas
clavadas en el suelo, cubiertas de adornos de metal que
tintineaban en el viento, se sucedían los sacrificios
de yeguas, las danzas y las invocaciones: la menarca garantizaba
que los chonque seguirían viviendo en su tierra,
como lo habían hecho desde el comienzo de los tiempos.
Aún hoy existen descendientes de chonque, pero
los últimos que conservaron alguna memoria de su
lenguaje murieron en la década de 1980. En cuanto
a la la vida tribal, aún en la forma agonizante
en que se conocía en las reservas, dejó
de existir por completo en la década de 1930.
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